Los Angeles, Califòrnia

Como toda ciudad norteamericana que se precie, también Los Angeles es un ejemplo indiscutible de ciudad de grandes contrastes, de claroscuros que saltan a la luz al poco de caminar sus anchas calles o de trasladarse en su escasa red de metro. En la luz se encuentran excelentes ejemplos de fina arquitectura modernista, de finales del siglo XIX e inicios del XX, señorial, regia incluso. No escapa a la mirada del paseante observador, tal es la belleza de sus detalles. Pero esa misma mirada descubrirá – y ahí entra en juego la parte oscura – un estado de abandono que resulta de entrada inexplicable.

La luz la impone en Los Angeles, en primer lugar, su situación geográfica. En el sur de California (SoCal, de Southern California para los locales) hablar de estaciones del año es casi una indecencia, pues incluso en enero es posible salir a la calle en shorts y manga corta. Se da, aún así, una diferencia de temperatura que recomienda no olvidar una chaqueta y ropa de cierto invierno, en la época menos calurosa del año. Sobre todo por las noches. California sur, sí, pero no Caribe.

Junto al clima ilumina también la ciudad el reflejo del cristal de sus rascacielos, que son contados pues no pareciera muy inteligente “neoyorquizar” una ciudad en la que históricamente se han sucedido los terremotos. Los que relativamente pocos que pueblan el downtown, eso sí, están construídos a prueba de movimientos sísmicos potentes.

Y la iluminan también, sin duda, las colecciones de arte que alojan sus muchos museos: especialmente The Broad, impulsado por un matrimonio del mismo nombre, coleccionista de arte; o el MOCA, el Museo de Arte Contemporáneo, ambos en Grand Avenue. O el inmenso LACMA, el Los Angeles County Museum of Art, al que conviene concederle por lo menos cuatro horas para podelo visitar como corresponde – y delante del cual, por cierto, en la acera opuesta de la calle Wilshire donde, se encuentra un pedazito de la historia de Berlín, la ciudad otrora dividida por el famoso Muro, diez segmentos del cuál se colocaron en esta zona de Los Angeles.

De regreso al centro, al downtown, la calle Broadway, hermana pequeña de la homónima neoyorquina, y la 3ª a la 7ª, conforman un eje que muchos angelinos califican de “no-go area”. No es para tanto y sin duda merece la pena explorarla – de día –, pues forma un sabroso eje de teatros, locales comerciales y edificios de oficinas y viviendas destartalados que, precisamente por eso, por esa belleza ocula, atrapan a determinado perfil de viajero urbanita.

La parte oscura se hace aún más evidente y cruel al dirigir la mirada al nivel terrestre por el que uno transita: mujeres y hombres arrastrando sus escasas pertenencias en carros de la compra; mayores y jóvenes a quienes las drogas, el alcohol o la combinación de ambas han expulsado del tablero de la vida para sumergirles en el de la pura supervivencia, cuya cordura se perdió entre botellas tintas, polvos blancos y pastillas imposibles.

La concentración de pobreza, si no miseria, es lo que ha convertido a esta parte del downtown de Los Angeles en una “no go area” donde sin duda se puede entrar, pero de día y con tanta naturalidad como sea posible, es decir, sin parecer un turista despistado.